Al pensar en los olivos es probable que las primeras imágenes que vengan a nuestra memoria sean religiosas y hasta un poco místicas: la paloma que lleva la rama de olivo a Noé, Jesús caminando en el Huerto de Jetsemani, o la corona que distinguía al dios Apolo hasta que fue reemplazada por la de laureles. Pero también vienen a nuestra memoria las tierras rojas de la Andalucía española, las maravillosas colinas de la Toscana italiana o los desiertos tunecinos del norte africano.

Lo cierto es que a pocas personas se les ocurre pensar en olivos creciendo sobre prados de tréboles, dientes de león y rúculas silvestres. Y sin embargo, sucede. Pocas personas conocen la gran capacidad de adaptación de los olivos al ambiente.

Nuestra olivicultura comenzó en el noroeste argentino, rodeada de peligros y protegida por la nostalgia, y desde esas tierras agrestes, secas y a veces incandescentes, supo avanzar lenta pero continuamente hasta llegar a la costa atlántica para afincarse en lugares tan distantes como Coronel Dorrego en la provincia de Buenos Aires, Las Grutas en Río Negro y hasta en la austral ciudad de Comodoro Rivadavia, Chubut, donde pude cosechar frutos de Arbequina y transformarlas en aceitunas negras griegas, gracias a una tradicional receta que me confiaron colonos radicados en la zona mucho tiempo antes de que yo llegara.

Hace cuatrocientos años, más del doble de nuestro nacimiento como nación, el olivo sentó las bases del crecimiento de una industria que paulatinamente, con períodos de esplendor y de desolación, avanzó en forma incansable hasta ubicarnos en el cuarto lugar como país exportador de aceitunas de mesa, y como un jugador que pone nervioso al exquisito mundo comercial del aceite de oliva.

Hoy, a doscientos años del nacimiento de nuestra república y así como nuestra bandera es recorrida por una banda de blanco inmaculado, nuestra geografía también está recorrida por una banda verde oliva, el color de la esperanza de un país que está creciendo.

JOSÉ LUIS MARGINET CAMPOS
Director
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